Un cuerpo que representa la totalidad divina del ser y que contiene nuestra pureza.
Lejos de ser un objeto inerte, esta vasija se erige como una arquitectura sagrada y atemporal, un tótem mineral que custodia el núcleo intacto de nuestra existencia. Su presencia rotunda evoca la solidez de la tierra, mientras que las lanas orgánicas que brotan y se desbordan de sus costados materializan la levedad de lo vivo, el tránsito del alma y la delicadeza de los afectos.
En su vientre de barro se disuelven las fronteras entre lo humano, lo animal y el territorio; un útero primordial donde la materia se consagra para preservar aquello que permanece inalterable ante el paso del tiempo. Ontzia no solo ocupa el espacio: lo consagra, transformando la arcilla en un testimonio místico del equilibrio cósmico y en el refugio último de nuestra naturaleza más pura.
La obra es inédita, creada de la intuición y la acompañan otros cuerpos cerámicos y textiles si se dispone de sitio. Se colocaría sobre una elemento vertical y otras tres piezas en la pared
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